Eísodos, en griego, significa entrada.
En el deporte, entrar no implica solamente ingresar a la cancha, sino también poder habilitar el acceso a los recursos mentales en el momento necesario.
En el alto rendimiento infantil, los niños suelen llegar a los partidos con el cuerpo preparado para jugar y competir: han repetido movimientos, conocen la técnica y han desarrollado las capacidades físicas necesarias para rendir. Sin embargo, frente a la presión, el error o determinadas intervenciones del entorno adulto, ese rendimiento muchas veces comienza a disminuir. Un grito desde afuera, una indicación mal sincronizada o una mirada de desaprobación son suficientes para que el cerebro emocional tome el control.
En ese instante, la motivación se ve afectada, la atención se fragmenta y las funciones ejecutivas —claves para la toma de decisiones y el control motor— quedan en segundo plano.
A pesar de la existencia de estos factores externos, el análisis del rendimiento suele centrarse en el niño: su actitud, su esfuerzo, su motivación o su capacidad para tolerar la frustración. Sin embargo, esta mirada deja fuera una variable fundamental: el rol del entorno emocional. Padres y entrenadores, muchas veces con la intención de ayudar, se convierten en reguladores directos influyendo de manera significativa en el desempeño físico y mental.
Desde la neurociencia aplicada al deporte, comprender la dinámica entre el cerebro emocional y el cerebro ejecutivo, así como los procesos de neuromotivación y automotivación, permite repensar el rol de los adultos en el acompañamiento deportivo.
No se trata de exigir mayor fortaleza mental, sino de generar condiciones que favorezcan la regulación emocional y el acceso al máximo rendimiento posible en cada etapa del desarrollo.
Esto nos invita a reflexionar la importancia de proponer intervenciones orientadas a mejorar la performance física y mental de deportistas infantiles a partir del trabajo conjunto con los adultos que los acompañan; porque el verdadero rendimiento aparece cuando el cuerpo entrenado y el cerebro regulado logran entrar juntos en acción.
Belén Pasculli
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